El olor del agua
Por eso no me esperaba que viniera, todavía más alto que yo, con su sombrero blanco, pantalón azul y camisa de disculpas. Olía al frescor del agua, a esa hierba que crece en las orillas de los ríos.
Por eso no me esperaba que viniera, todavía más alto que yo, con su sombrero blanco, pantalón azul y camisa de disculpas. Olía al frescor del agua, a esa hierba que crece en las orillas de los ríos.
Quería incendiar el lugar como un dragón. Comenzaba a inhalar lento, pero cada exhalación era como si un fuego estuviera a punto de salirme por la boca.
Y aun así, justo en ese instante, parecía que algo más afloraba. Como si se les escapara el alma.
—Algunas veces viene, en sueños, a visitarme, pero últimamente menos —dijo la madre, con los ojos tristes y la voz quebrada.
Mi gata Missy es la gata más gata que podrías conocer, la gata más acariciable a quien mimar y querer.
El maíz es como la gente —dice— son muchos colores y tamaños, pero todos son uno mismo o sea que se pueden unir una y otra vez y seguir creciendo más.
Y caminaban. Pero el desierto es largo, casi eterno. Y los pies se hacen yunques, el sopor asfixia.
Cuando uno mata se pierde para siempre, ya no existe lugar al que uno pueda ir o estar en paz.
Pensar y actuar fue una sola cosa. El mismo sol que bruñía la oscura piel de Aman Daud reverberó en el metal del abrecartas.